COSAS QUE HACER ANTES DE LOS 40

cosas que hacer antes de los 40

YA TENGO CASI CUARENTA

Sí, lo confieso, estoy a punto de cumplir cuarenta tacos… y llevo con la maldita crisis de los 40 como un par de años. ¡Y yo que me reía de mi marido cuando le pasó! (para los que no lo sepáis, el Cari es mayor que yo). Pues ahora lo entiendo.

Que llegas a esta edad y te planteas… ¿qué he hecho en la vida? ¿Y qué quiero hacer? Porque si hay algo que quieras hacer y no has empezado todavía… ponte las pilas, chata, que ya vas tarde.

Así que heme aquí, haciendo mi lista de qué hacer antes de morir… digo, antes de los cuarenta… Pero no es fácil. Porque he hecho muchas cosas. Eso es bueno, diréis. Pues sí, es bueno y no lo es. Porque, ¿qué me queda por hacer? ¿Qué experiencias nuevas me quedan por vivir? A parte de un trío con Brangelina, que ya no va a ser posible (porque se han divorciado, no por otra cosa). ¿Qué emociones?

Porque lo de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro está ya muy pasado de moda. No sé quién dijo tamaña gilipollez. Pero si le hacemos caso, yo ya puedo morir tranquila y realizada: he plantado alguna que otra flor en mi jardín (eso ya cuenta), he escrito un libro y Dios sabe que he intentado tener un hijo, pero al final tengo dos perros, que también tiene que valer algún punto, digo yo.

Y mientras sigo pensando en mi lista, me viene a la cabeza el día que me tiré en paracaídas. Bueno, nos tiramos, con el Cari. Esa era una de las cosas de la lista que decidí hacer hace un año o así, antes de morir… digo, de los cuarenta.

Fue increíble. Nos subimos en una pequeña avioneta unas 10 o 12 personas, no lo recuerdo exactamente: un grupo de amigos y un buenorro… digo un monitor por cada uno. La primera cosa que me chocó es que ellos llevaban casco pero nosotros no. Así se lo dije al buenorro… digo al monitor. Y me contestó: “bah, total, no sirve para nada. Si te caes te matas igual.” Vale, gracias por los ánimos, majete, pero vosotros lo seguís llevando por si acaso, no te jode. Porque te da una falsa sensación de seguridad. Al verme la cara,  añadió: “Tranquila. Hay dos paracaídas.” Ah, bueno, eso ya es otra cosa. Cero cascos pero dos paracaídas es mejor que dos cascos y ningún paracaídas.

cosas que hacer antes de los cuarenta
       El de la izquierda es “mi” buenorro

Así que nos subimos al avión y empezamos una tranquila subida que dura unos 15 o 20 minutos, en los que vas mirando el paisaje (precioso, todo hay que decirlo), hasta que dejas de ver absolutamente nada y solo ves nubes. Glups. Entonces oyes a alguien que chilla “¡YA!”, y los buenorros… digo los monitores, en un movimiento sincronizado que ya le gustaría a Gemma Mengual, se levantan y te ponen un arnés, de forma que quedas atada al tuyo como una butifarra. Hablando de butifarra… ¿qué es eso que noto pegado a mi espalda? “Es el arnés”, se excusa el buenorro… digo el monitor. Ya, ya.

Entonces ves que se abre la puerta de la avioneta y entra un frío que te cagas. Dios mío, ¡¡¡VOY A MORIR!!! Eso es lo que piensa el pobre incauto al que le toca tirarse, pero no le da tiempo a nada y ¡zas!, ya está volando por los aires.

En ese momento doy gracias a Dios por estar en la cola del avión. Me divierto un rato mirando las caras de los que van al matadero antes que yo mientras intento respirar con normalidad, para que no me dé un jamacuco.

Esto va demasiado rápido, no es como la cola del Dragon Kan, mierda.

(Esa pequeña cabeza blanca detrás del Cari, que está hiperventilando, soy y0)

cosas que hacer antes de los cuarenta

Entonces me toca saltar. ¡Ay, Dios, ay, Dios, ay, Dios! ¿Por qué no me dio por apuntarme a un curso de macramé? ¿Y lo bonito que quedaría la alfombra esa en la pared de mi casa?

El buenorro me dirije hacia la puerta de la avioneta y me sitúa LITERALMENTE en el borde. Solo veo cielo delante de mí y el viento me sopla en la cara con fuerza. Casi no se oye nada, así que tiene que gritar. “¿Preparada?” Yo le contesto que no, pero como no me oye, el muy cabrón salta, ¡SALTA! al vacío conmigo delante y no me da tiempo a decir ni a pensar nada y me encuentro cayendo en picado a doscientos kilómetros por hora. El subidón de adrenalina es brutal. Te pones en la posición que te han enseñado (brazos y piernas estiradas, como si estuvieras volando cuando en realidad estás cayendo como si fueras una piedra) y sientes que de verdad vuelas, eres libre como un pájaro, solo que ellos tienen alas y tú un paracaídas, bueno, dos.  Durante unos segundos no ves nada, todo azul y blanco, hasta que empiezas a ver tierra, muy, muy pequeñita.

Cuando estás disfrutando de la sensación a tope, notas un fuerte tirón, y de repente estás suspendida en el aire, en posición vertical, con el buenorro detrás. Ya no notas el aire en todo tu cuerpo, la velocidad ha descendido muchísimo y ahora estás flotando, disfrutando del paisaje y de una agradable brisa. Poco a poco ves cómo se va acercando el paisaje, como las casas se van haciendo más grandes, y ya no ves a las personas que te esperan abajo (los que no tienen prisa por morir) como hormiguitas sino como personas normales y mucho más cuerdas que tú. Entonces tocas el suelo con los pies, corres un poco, y voilá, has llegado. El buenorro te libera. Se acabó.

Han sido los cinco minutos más increíbles de tu vida. Las piernas te tiemblan y la adrenalina fluye por tus venas y quieres volver a tirarte inmediatamente.

Bueno, yo, porque el pobre cari está unos metros más allá, tumbado en el suelo, de color amarillo cerúleo, y me dicen que se ha mareado. Al pobre le duró el susto toda la tarde y jura y perjura que nunca más volverá a hacerlo.

(Aquí no inserto foto por respeto al Cari).

Si es que nunca estamos de acuerdo en nada.

Y yo mientras sigo pensando en mi lista… Ya tengo una apuntada. Tirarme en tirolina desde la Torre Eiffel. Lo vi por la tele. Al Cari le dejaré grabando, si eso…

Si a alguien se le ocurre algo, se aceptan ideas.

Ya os contaré mi lista cuando la tenga acabada, ¿vale?

Besitos, Ester.