ENTRE DAMAS ANDA EL JUEGO. CAP. 2

Entre damas anda el juego

ENTRE DAMAS ANDA EL JUEGO. Cap. 2

Hace unos días os presenté a Diana, una de mis tres protagonistas femeninas, en el primer capítulo de mi novela, Entre damas anda el juego. También conocimos a Juan, su marido. Y a la doctora Anaya, o señora Doubtfire, como la llaman ellos, je, je. Me da en la punta de la nariz que sus sesiones van a ser algo peculiares…

Pues hoy tengo el placer de presentaros a Álex (si alguien la llama Alexis se cabrea, ¡y mucho!), y a su marido Gabi.  Ah, y al terremoto de Daniel, su hijo.

Álex es la segunda protagonista femenina de esta novela ¿Pero qué mejor que dejar que hable ella misma? Sin más prámbulos, os dejo con ella.

2.

¡A LA MIERDA LA SUPERNANNY!

“Apenas acababa de despertarse y Gabi ya estaba juguetón.

–¿Por qué no tenemos otro hijo? –preguntó Gabi en un susurro, mientras la acariciaba suavemente.

Alexis le apartó la mano bruscamente.

–Ya hemos hablado de ello. No quiero tener otro hijo ahora. Daniel todavía es pequeño y nos necesita. ¡Si casi no tenemos tiempo de estar con él, cómo vamos a tener otro hijo!

–Me gustaría mucho tener una niña… Una tan guapa como su madre –insistió Gabi

–Sí, quedaríamos perfectos en la postal de Navidad. Pero eso no va a pasar. No voy a dejar mi trabajo para cuidar a un bebé otra vez.

–Pero Álex, es sólo un tiempo…, hasta que pueda ir a la guardería.

Nadie la llamaba Alexis, odiaba ese nombre; le hacía pensar en un pasado que habría querido borrar, al igual que el tatuaje que se había visto obligada a esconder bajo esa pulsera tribal tatuada en su muñeca derecha.

–Sí, ¿y luego qué? ¿Reduzco mi horario para salir antes y poder estar con los niños?  ¿O vas a hacerlo tú?

–Ya sabes que yo no puedo –protestó Gabi. En mi empresa no me lo permiten.

–Pues yo no quiero. Y no quiero hacer pasar a mi cuerpo otra vez por todos esos cambios. –Se tocó la cicatriz de su cesárea de forma inconsciente–. ¡No voy a poder trabajar durante mucho tiempo!

–Pero cariño, ¡si la última vez te recuperaste muy rápido! Y podrías aprovechar y grabar otro vídeo sobre cómo ponerte en forma después del embarazo. ¿Recuerdas lo bien que te fue?

Era cierto. Álex comenzaba a ser conocida como entrenadora personal cuando se quedó embarazada de Daniel, y aprovechó para grabar un vídeo sobre cómo ponerse en forma y recuperar la figura en tiempo récord después del embarazo. Fue todo un éxito en su momento.

Álex suspiró. Gabi era muy insistente cuando quería algo, pero ella ya estaba cansada de tener siempre la misma conversación, que no les llevaba a ninguna parte, pues ninguno de los dos parecía querer ceder.

Se levantó un tanto hastiada por la forma en que había comenzado el día, con la desagradable sensación de que su marido no estaba del todo satisfecho con la vida que llevaban y sin poder hacer nada por remediarlo. Bueno, de hecho sí podía, pero no quería. Era un sacrificio demasiado grande para ella en aquellos momentos.

Algo blando le golpeó en la cabeza, y su hijo entró en la habitación como un vendaval. Una sombra se abalanzó sobre ella gritando como un poseso.

−¡Mamiii! ¡Dezpieta, dezpieta, dezpieta, dezpietaaaaaa!

Mmmmmm, odiaba la forma que tenía su hijo de cuatro años de despertarla todas las mañanas, con esos gritos y esa explosión de energía. Estaba claro que no había salido a ella, con lo que le costaba levantarse de la cama. Encendió la luz.

−Buenos días, Spiderman −articuló Álex−. Buenos días cariño –dijo, abrazando a Daniel.

Miró el despertador. Las siete y cinco de la mañana. ¡Maldita sea! Apagó su despertador, programado para que sonara a las ocho menos cuarto. La verdad es que no sabía por qué se molestaba en ponerlo, si nunca llegaba a sonar. De hecho, ni siquiera sabía si funcionaba, pensó.

Gabi fue a la cocina a preparar el desayuno. Otro miembro de la familia que se levantaba con energía.

Álex se tomó su zumo de naranja mientras Gabi intentaba que Daniel se tomara el suyo, lo cual no era tarea fácil. Normalmente el líquido naranja acababa en la mesa, en el suelo, en el pijama de Álex y en el de Daniel, en todas partes menos en su boca.

Al cabo de unos minutos, la mente de Álex empezó a despejarse y su cuerpo a desentumecerse, poco a poco. Bien, ya estaba lista para la guerra, y no era una frase hecha.

−Venga campeón, a vestirse −cogió de la mano a Daniel y lo acompañó a su habitación. Ahora tienes que ponerte la ropa que te ha preparado mami. ¿Recuerdas nuestra conversación? Tienes que vestirte tú solito porque eso es lo que hacen los mayores, y tú ya eres mayor, ¿verdad? −Daniel asintió con la cabeza.

−Bien, así me gusta. Cuando hayas acabado vienes a mi habitación, ¿vale?

Álex se metió rápidamente en la ducha. Tenía que aprovechar esos escasos diez minutos de paz. Se duchó, se secó el pelo a medias y se vistió con sus jeans, una camiseta y unas deportivas. Cuando se estaba atando la segunda, entró Daniel.

−Ya eztá, mami −Daniel sonreía triunfante.

Estaba claro que no le había gustado la ropa que ella le había preparado. Se había puesto sus pantalones pirata preferidos, a pesar de que estaban a mediados de octubre. Como debía tener frío, se puso los calcetines largos de deporte, llevaba su jersey gris de Mickey Mouse y en la cabeza, una cinta de las que se ponía Gabi cuando salía a correr.  Dios mío, parecía un rapero paleto en miniatura. No podía dejar que saliera así de casa.  Con un profundo suspiro cogió a Daniel de la mano y se lo llevó a su habitación, dispuesta a vestirlo ella misma puesto que era la única manera de que pudiera llegar puntual al trabajo. ¡A la mierda la supernnany!, pensó. Seguro que ella no tenía hijos. Estaba segura de que grababa el programa y cuando llegaba a su casa se ponía las zapatillas, se atiborraba de vino y se alegraba de no haber fabricado una de aquellas fierecillas.

Por fin, después de veinte minutos de gritos, patadas, llantos y las primeras palabrotas que al parecer Daniel había aprendido en el colegio, Álex consiguió vestirlo y se percató de que, como siempre, apenas le quedaban cinco minutos para desayunar antes de llevar a Daniel al colegio. Engulló el bol de cereales con leche, cogió la mochila de Daniel y casi se lo cargó a la espalda para meterlo en el coche.  Pensó en Gabi, corriendo por las calles del Barrio Gótico de Barcelona con sus cascos, aislado de todo, relajado, mientras ella lidiaba con aquella pequeña fiera.

¿Cómo podía Gabi pensar si quiera en tener más hijos? Sólo de pensarlo le daban ganas de atarse las trompas ella misma, con un nudo marinero, a ser posible. ¡Hasta hacía que Gabi se pusiera dos preservativos cuando estaba ovulando! El pobre estaba desesperado, pero ella no daba su brazo a torcer. Le había intentado convencer para que se hiciera la vasectomía, pero él no quería ni oír hablar del tema, quería tener otro hijo y estaba convencido que con el tiempo Álex cedería.

Cuando por fin dejó a Daniel en la puerta del colegio, o mejor dicho en  el suelo de la puerta del colegio, gritando y pataleando, sintió una mezcla de alivio y remordimiento, por sentirse aliviada.

Al llegar a su trabajo se dirigió al vestuario, donde se cambió, vistiéndose con sus mallas negras, sus zapatillas rosas y su top negro y rosa. En su trabajo siempre iba conjuntada, para causar buena impresión. Al contrario que en casa, donde siempre iba muy cómoda, con ropa vieja y holgada. Solo se arreglaba cuando salía, que era muy, muy, muy poco. Ella solía decir que no se vestía, se tapaba. Pero a Gabi no le importaba. “Estás muy sexy con ese trapo”, le decía. Lo cierto es que Gabi se ponía tontorrón con cualquier cosa que ella llevara, siempre que dejara un trozo de carne al descubierto. Parecía mentira que estuvieran juntos desde la universidad.

Tenía por delante tres clases de body pump, tras lo cual siempre se tomaba un rato para ella: corría media hora en la cinta, hacía unos cuantos largos en la piscina y terminaba con un baño relajante en el jacuzzi. Era el único rato del día en el que podía relajarse, y era un ritual sagrado para ella. Acababa de bajar de la cinta cuando oyó una voz tras de sí.

−Hola, muñeca.

Se giró y su mirada se topó con un híbrido entre Musculman y Valentino; casi tenía que ponerse gafas de sol para que su color naranja de solarium no la deslumbrara.

Entre damas anda el juego
Hola, muñeca

−Hola −contestó Álex secamente. No tenía ningún interés en hablar con él, pero consideraba que era de mala educación no contestar cuando alguien la saludaba.

−Te veo a menudo por aquí. Te va el ejercicio, ¿eh?

−Sí, soy monitora de body pump, doy clases aquí por las mañanas.

−Oh, claro, entonces va a ser por eso −dijo el musculitos, sonriendo de una forma que le dio náuseas−. Pues quizá me pase por tu clase −añadió, repasándola de arriba abajo, y deteniéndose sin ningún disimulo en su trasero. A continuación le guiñó un ojo, al tiempo que apoyaba su antebrazo en una de las máquinas de elíptica, en un intento obvio de que se le marcara el bíceps.

−Claro, pásate. −Sonrió Álex con falsedad−. Aunque no sé si la aguantarás.

−¿Qué? −Musculman se había ofendido.

Mira, “muñeco”, ni tú eres Ken ni yo tu Barbie, no nos vamos a comprar el Barbie-coche ni vamos a tener Barbie-hijos, así que, gracias pero no me interesas. Yo vengo aquí a trabajar, no a hacer relaciones sociales, y mucho menos a ligar−. Se giró en redondo marchándose de allí, dejando al musculitos con la boca abierta.

Estaba cansada de que los tíos le entraran continuamente; era consciente de que podía considerársela guapa, con su rizada melena pelirroja y sus ojos color miel, y que debido al ejercicio su cuerpo estaba tonificado, así que no le extrañaba pillar a algún hombre mirándola de reojo mientras hacía sus ejercicios; sin embargo ella nunca había dado pie a ningún tío a creer que estaba interesada en él, por lo que no entendía que siguieran insistiendo y menos aún que le entraran como un búfalo en celo.

Tendría que reconsiderar el ponerse su anillo de casada cuando fuera a trabajar, aunque le molestara y se le hincharan los dedos con el ejercicio”.

 

Bien, ¡espero que te haya gustado este segundo capítulo!

Pronto tendrás el tercero, y conocerás a Noa, la última de las tres protagonistas femeninas de esta novela.

Y ya sabes, si quieres leer más sobre ellas, puedes encontrar el libro en Amazon, en Kindle o tapa blanda. Y si tienes Kindle Unlimited, puedes leerlo totalmente GRATIS.

¡¡¡FELIZ HALLOWEEN!!!

Ester

 

 

 

ENTRE DAMAS ANDA EL JUEGO

Entre damas anda el juego

 

 

 

ENTRE DAMAS ANDA EL JUEGO. Cap. 1

AUTORA: ESTER GONZÁLEZ ESCOBAR (una servidora)

Género: Chick-lit

Lo prometido es deuda. Hoy os presento a una de mis tres protagonistas, a Diana Planas, detective privada. Para ello, os dejo con el PRIMER CAPÍTULO de la novela, que en pocos días podréis encontrar en Amazon, y con la que me presento a los Premios Indie de Amazon 2017.

1

¡QUEDAS DETENIDO POR SINVERGÜENZA!

 

Diana se recostó en el asiento de su Audi A3 y dio un sorbo al café de su termo. Ese día le tocaba vigilancia. Le encantaba la vigilancia, se sentía como uno de aquellos policías de las películas que siempre acababan pillando a los malos. Solo que ella no era policía, se obligó a recordarse a sí misma, así que nada de placa ni pistola. Qué pena, pensó. A veces le habría gustado apuntar con su arma a alguno de los especímenes a los que investigaba y gritarles: “¡Quedas detenido por sinvergüenza!”

Aquella era una de esas veces. La mujer a la que debía investigar tenía treinta años, era nacida en Serbia y al parecer era una desalmada cazafortunas. Había conocido a un chico un fin de semana y se lo había camelado. El chico, un pobre inocentón, de familia acaudalada, que rondaba los cuarenta y nunca había tenido una relación estable, cayó de cuatro patas. Contentísimo, le contó a su familia que por fin tenía novia, a lo que estos no dieron mucho crédito; sin embargo, a los dos meses ella se instaló en su piso.

La chica, Christine, que así se llamaba, tenía un visado de vacaciones a punto de caducar, pero ese era un pequeño detalle al que su novio no le daba importancia. Tampoco le importaba que ella no tuviera trabajo. Que ella no lo buscara en absoluto y se pasara todo el día en el piso de él sin hacer nada, fumando, conectada a Facebook, Twitter, Instagram y demás redes sociales, tampoco ayudaba mucho.

Todo esto tenía a la familia de Ángel con la mosca detrás de la oreja. Cuando empezó a gastar su dinero de forma desorbitada en ropa, joyas, zapatos, bolsos y todo lo que le apetecía, la familia decidió contratar sus servicios, para probar que Christine estaba engañando al pobre Ángel y que solo perseguía su dinero.

Sin embargo aquella vigilancia iba a resultar difícil. La mayoría de las veces, quien la contrataba le facilitaba datos del sujeto a investigar, tales como lugar de trabajo, aficiones, horario laboral, lugares a los que acudía con regularidad, direcciones de amistades, etc., que le facilitaban la labor a la hora de seguir al objetivo y conseguir así la información necesaria para emitir su posterior informe, pero en aquella ocasión la familia de Ángel no había podido facilitarle nada de todo aquello. La chica no trabajaba, no iba al gimnasio ni a ningún lugar de ocio habitual, no sabían quiénes eran sus amistades y mucho menos dónde vivían, lo único que sabían de ella era su nombre y poco más.

Con la escasa información de que disponía no sabía por dónde empezar. Decidió iniciar la vigilancia a partir de media tarde en el piso de Ángel. Si no trabajaba y no hacía nada en todo el día debía resultarle asfixiante esa inactividad, encerrada durante horas entre cuatro paredes. Diana suponía que saldría aunque fuera a dar una vuelta a la manzana, a fumar o de compras… Alguna cosa tendría que hacer durante el día…

Aparcó su vehículo en la parte más alta de un descampado que hacía las veces de aparcamiento, situado enfrente de la vivienda, un precioso dúplex en Sarriá, en Can Caralleu, cerca de la Ronda de Dalt. El aparcamiento le ofrecía una vista perfecta de la casa. Miró hacia la ventana del salón, situado en el primer piso, cuya persiana estaba abierta, dejando a la vista el interior, pero no vio ningún movimiento. Divisó un par de sofás de color claro, paredes claras, un gran televisor de pantalla plana –por la que su marido daría un brazo−, una moderna mesita de centro bicolor, y una gran planta en una esquina. No supo identificarla, no sabía nada de plantas. Le molestaba no saber nada sobre algo.

Nota mental: comprar un libro sobre plantas.

Las paredes del dúplex estaban cubiertas por un par de grandes cuadros de arte moderno que parecían muy caros. Estaba claro que Ángel tenía dinero.

Diana permaneció en el coche alrededor de tres horas, con la radio encendida y la música no muy alta, para no llamar la atención y sobre todo, no distraerse del objetivo. Iba variando, de Rock FM a M80, y de vez en cuando a Europa FM.

Cuando se le acabó el café y el frío del mes de enero le empezó a calar en los huesos, el tiempo comenzó a transcurrir más lento, hasta que sintió la necesidad de estirar las piernas. Bajó del coche y cruzó la acera, situándose debajo del edificio de Ángel, de modo que si él o Christine miraban por la ventana no pudieran verla. Caminó arriba y abajo de la calle un par de veces, girándose de vez en cuando, no quisiera la casualidad que Christine saliera justo en ese preciso instante.  Al no detectar movimiento alguno, decidió volver al coche para marcharse de allí; por hoy se había terminado la vigilancia. No parecía que aquél día fuera a dar sus frutos. Además, en un par de horas tenía una cita ineludible.

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