ENTRE DAMAS ANDA EL JUEGO

Entre damas anda el juego

 

 

 

ENTRE DAMAS ANDA EL JUEGO. Cap. 1

AUTORA: ESTER GONZÁLEZ ESCOBAR (una servidora)

Género: Chick-lit

Lo prometido es deuda. Hoy os presento a una de mis tres protagonistas, a Diana Planas, detective privada. Para ello, os dejo con el PRIMER CAPÍTULO de la novela, que en pocos días podréis encontrar en Amazon, y con la que me presento a los Premios Indie de Amazon 2017.

1

¡QUEDAS DETENIDO POR SINVERGÜENZA!

 

Diana se recostó en el asiento de su Audi A3 y dio un sorbo al café de su termo. Ese día le tocaba vigilancia. Le encantaba la vigilancia, se sentía como uno de aquellos policías de las películas que siempre acababan pillando a los malos. Solo que ella no era policía, se obligó a recordarse a sí misma, así que nada de placa ni pistola. Qué pena, pensó. A veces le habría gustado apuntar con su arma a alguno de los especímenes a los que investigaba y gritarles: “¡Quedas detenido por sinvergüenza!”

Aquella era una de esas veces. La mujer a la que debía investigar tenía treinta años, era nacida en Serbia y al parecer era una desalmada cazafortunas. Había conocido a un chico un fin de semana y se lo había camelado. El chico, un pobre inocentón, de familia acaudalada, que rondaba los cuarenta y nunca había tenido una relación estable, cayó de cuatro patas. Contentísimo, le contó a su familia que por fin tenía novia, a lo que estos no dieron mucho crédito; sin embargo, a los dos meses ella se instaló en su piso.

La chica, Christine, que así se llamaba, tenía un visado de vacaciones a punto de caducar, pero ese era un pequeño detalle al que su novio no le daba importancia. Tampoco le importaba que ella no tuviera trabajo. Que ella no lo buscara en absoluto y se pasara todo el día en el piso de él sin hacer nada, fumando, conectada a Facebook, Twitter, Instagram y demás redes sociales, tampoco ayudaba mucho.

Todo esto tenía a la familia de Ángel con la mosca detrás de la oreja. Cuando empezó a gastar su dinero de forma desorbitada en ropa, joyas, zapatos, bolsos y todo lo que le apetecía, la familia decidió contratar sus servicios, para probar que Christine estaba engañando al pobre Ángel y que solo perseguía su dinero.

Sin embargo aquella vigilancia iba a resultar difícil. La mayoría de las veces, quien la contrataba le facilitaba datos del sujeto a investigar, tales como lugar de trabajo, aficiones, horario laboral, lugares a los que acudía con regularidad, direcciones de amistades, etc., que le facilitaban la labor a la hora de seguir al objetivo y conseguir así la información necesaria para emitir su posterior informe, pero en aquella ocasión la familia de Ángel no había podido facilitarle nada de todo aquello. La chica no trabajaba, no iba al gimnasio ni a ningún lugar de ocio habitual, no sabían quiénes eran sus amistades y mucho menos dónde vivían, lo único que sabían de ella era su nombre y poco más.

Con la escasa información de que disponía no sabía por dónde empezar. Decidió iniciar la vigilancia a partir de media tarde en el piso de Ángel. Si no trabajaba y no hacía nada en todo el día debía resultarle asfixiante esa inactividad, encerrada durante horas entre cuatro paredes. Diana suponía que saldría aunque fuera a dar una vuelta a la manzana, a fumar o de compras… Alguna cosa tendría que hacer durante el día…

Aparcó su vehículo en la parte más alta de un descampado que hacía las veces de aparcamiento, situado enfrente de la vivienda, un precioso dúplex en Sarriá, en Can Caralleu, cerca de la Ronda de Dalt. El aparcamiento le ofrecía una vista perfecta de la casa. Miró hacia la ventana del salón, situado en el primer piso, cuya persiana estaba abierta, dejando a la vista el interior, pero no vio ningún movimiento. Divisó un par de sofás de color claro, paredes claras, un gran televisor de pantalla plana –por la que su marido daría un brazo−, una moderna mesita de centro bicolor, y una gran planta en una esquina. No supo identificarla, no sabía nada de plantas. Le molestaba no saber nada sobre algo.

Nota mental: comprar un libro sobre plantas.

Las paredes del dúplex estaban cubiertas por un par de grandes cuadros de arte moderno que parecían muy caros. Estaba claro que Ángel tenía dinero.

Diana permaneció en el coche alrededor de tres horas, con la radio encendida y la música no muy alta, para no llamar la atención y sobre todo, no distraerse del objetivo. Iba variando, de Rock FM a M80, y de vez en cuando a Europa FM.

Cuando se le acabó el café y el frío del mes de enero le empezó a calar en los huesos, el tiempo comenzó a transcurrir más lento, hasta que sintió la necesidad de estirar las piernas. Bajó del coche y cruzó la acera, situándose debajo del edificio de Ángel, de modo que si él o Christine miraban por la ventana no pudieran verla. Caminó arriba y abajo de la calle un par de veces, girándose de vez en cuando, no quisiera la casualidad que Christine saliera justo en ese preciso instante.  Al no detectar movimiento alguno, decidió volver al coche para marcharse de allí; por hoy se había terminado la vigilancia. No parecía que aquél día fuera a dar sus frutos. Además, en un par de horas tenía una cita ineludible.

Diana y Juan llegaron diez minutos antes a la consulta de la doctora Anaya. Diana odiaba llegar tarde. Le parecía una falta de respeto hacia los demás y una falta de organización. La chica de la recepción, una joven de veintitantos, con el pelo recogido en una coleta rubia y con exceso de maquillaje les hizo pasar a la sala de espera, donde ambos tomaron asiento.

Juan cogió una revista. No es que le interesaran lo más mínimo las revistas que pudiera haber allí, pero estaba nervioso y malhumorado y quería distraer su mente de algún modo. Diana no parecía nerviosa pero en su fuero interno se preguntaba si aquello habría sido una buena idea.

“Diez ideas para no perder la pasión”, leyó Juan. Joder, pensó, ¿qué hago yo aquí? Dejó la revista donde estaba y se puso a jugar con su móvil. Diana lo miró de reojo. No soportaba que hiciera eso.

Al cabo de cinco minutos oyeron a alguien salir de alguno de los despachos de la consulta y a una pareja que se despedía. Era su turno, pensaron los dos. Juan, de forma inconsciente, se incorporó en su asiento con la espalda recta, en tensión. Diana suspiró hondo. ¡Allá vamos!, se dijo a sí misma. No podía echarse atrás, al fin y al cabo la idea de ir a terapia de pareja había sido suya.

−Ya podéis pasar −les indicó la recepcionista.

La siguieron por un pasillo hasta una de las puertas de la consulta, que se hallaba entreabierta. Ella llamó con los nudillos.

–Adelante −dijo una voz.

La recepcionista les hizo pasar y a continuación cerró la puerta tras de sí. Ya no había escapatoria.

−Buenas tardes, soy la doctora en psicología Eva Anaya –se presentó.

Ambos estudiaron a la mujer durante unos instantes. Se trataba de una mujer oronda que rondaba la cincuentena, sin embargo tenía el pelo totalmente blanco, de forma que parecía mayor. Llevaba unas grandes gafas negras de pasta, no muy modernas, como las que se llevaban en los años ochenta, que le daban un aire intelectual, a la vez que bonachón. A Diana le recordó a la señora Doubtfire. Aquella idea le dio ganas de reír pero se contuvo.

Sra. Doubtfire
Sra. Doubtfire

−Diana –dijo ella tendiéndole la mano−. Y él es Juan.

Se sentaron cada uno en una de las sillas que había acomodadas frente a la doctora.

−Bien, hoy es vuestra primera sesión. Sé que estaréis nerviosos. Debéis abriros a un extraño y eso no siempre es fácil, pero creo que viniendo aquí ya habéis dado el primer paso y eso es lo importante. –La doctora Anaya hablaba con un tono tranquilo y sosegado, mirándoles a los ojos, tratando de generarles confianza−. Hoy vamos a conocernos un poco, y vais a explicarme qué esperáis obtener de mis sesiones. Para ello, decidme, ¿por qué estáis aquí?

−Porque me lo ha pedido mi mujer −contestó Juan, con un tono de voz que dejaba entrever sin lugar a dudas que el estar ahí no había sido en absoluto idea suya.

−Sí, la mayoría decís lo mismo. −Rio la doctora Anaya–. Pero no te ha puesto una pistola en el pecho, ¿no?

−Bueno, casi… −bromeó Juan con timidez, sintiéndose un poco más relajado al ver que la doctora tenía sentido del humor y que, al parecer, no tenía ninguna intención de tumbarlo en un diván.

−Entonces, partimos de la base que ambos estáis aquí por propia voluntad, porque queréis afianzar vuestra relación de pareja.

Diana movió la cabeza de forma afirmativa. Juan también, pero con menos convicción.

−¿Estáis casados?

−Sí. Llevamos cuatro años casados. Pero trece juntos −aclaró Diana.

−Vaya, felicidades. Eso es mucho tiempo. No hay muchas parejas tan jóvenes como vosotros que lleven tanto tiempo juntos.

−Es que nos conocimos en la universidad –explicó Diana. Y salimos durante mucho tiempo, hasta que nos casamos.

Juan miraba al techo, aburrido. No le veía el sentido a estar allí ni a contarle su vida a aquella desconocida.

−Bien. Si os parece, voy a pediros a cada uno de vosotros que me diga, a grandes rasgos y sin entrar en detalles, lo que pensáis que podría mejorarse en vuestra relación, ¿entendido? −Los dos afirmaron con la cabeza.

−Diana, empieza tú −indicó. Por experiencia, sabía que a las mujeres les resultaba más fácil expresar sus emociones en esa clase de sesiones.

−Bueno… −dijo esta, titubeando−. Lo que pasa es que…, siento que las cosas ya no son como antes de casarnos; que nos hemos dejado llevar por la rutina… Noto como si hubiéramos perdido un poco… −Diana miró a Juan, sintiéndose algo cohibida y culpable−… la chispa.

−Ahá…, Juan, ¿qué dices tú?

−A mí me parece que todo está bien. No creo que tengamos ningún problema −contestó Juan con voz calmada, pues no pretendía ofender a la doctora afirmando que sus servicios no eran necesarios, aunque ese fuera su pensamiento.

−Entiendo. Pero al parecer tu mujer piensa que hay algo que se puede mejorar. ¿No te gustaría intentarlo?

Juan suspiró y se encogió de hombros. No iba a poder librarse de aquello con tanta facilidad.

−Tengo que deciros que esta es una situación muy habitual. Muchas parejas vienen a verme por lo mismo. Creo que todos cuando nos casamos pensamos:Yo no me dejaré llevar por la rutina, nosotros somos especiales y conservaremos lo nuestro como ahora”, pero en la inmensa mayoría de casos eso no es así. La vida se encarga de que no sea así: nos pone trabas, dificultades, obstáculos; en definitiva, nos pone a prueba, pero hemos de ser capaces de superarlas y de trabajar juntos para no dejarnos vencer. −Hizo una pausa−. Diana, ¿podrías ponerme un ejemplo de algo que eches de menos de tu vida en pareja?

−Pues… el salir a cenar, por ejemplo. Antes íbamos una vez por semana y ahora no vamos casi nunca.

−Juan, ¿tú cómo lo ves?

−Bueno… −Se removió incómodo en su asiento−. Es cierto que antes salíamos más a menudo pero era porque no vivíamos juntos. Ahora nos vemos cada día, así que no creo que haga falta… Y yo me siento muy a gusto en casa con Diana.

−Lo cierto es que el hecho de salir implica varias cosas, y todas ellas positivas; no se trata solo de ir a cenar sino de todo el ritual que ello supone: arreglarse, ponerse atractivo, elegir un sitio bonito, y sobre todo estar en un ambiente propicio para que surjan otro tipo de conversaciones distintas de “¿cariño, qué hacemos de cenar esta noche?” −La doctora Anaya pronunció estas palabras mientras ponía los dos pies encima de su mesa, con las gafas en la punta de la nariz y un bolígrafo en la boca a modo de cigarro colgante.  Ambos rieron ante la imagen, pero entendieron a la perfección lo que ella quería decir.

−Bien, pues os voy a poner deberes. −Diana y Juan se miraron, un tanto asustados−. Quiero que esta semana hagáis algo juntos, no tiene por qué ser salir a cenar, puede ser ir al cine, al teatro, a pasear, o a una convención Manga, lo que queráis, pero juntos, ¿entendido?

−Sí −contestaron los dos al unísono.

Antes de irse, la doctora les dio unos caramelitos, como si fueran unos chiquillos.

Cuando salieron de la consulta estaban más relajados. Diana estaba contenta, la doctora Anaya le había caído muy bien y le inspiraba confianza, parecía que sabía lo que hacía. Juan no estaba tan eufórico como Diana pero pensó que no había sido tan terrible, después de todo.

Aquella noche parecía que el espíritu de la doctora Anaya rondaba por la casa, vigilante, mirándolos por encima de sus enormes gafas. Los dos se esforzaron por mostrarse cariñosos, cocinaron juntos, abrieron una botella de vino para cenar y vieron la televisión abrazados, como solían hacer cuando eran novios. Ninguno de los dos habló mucho, por miedo a estropear el buen ambiente que se había creado a raíz de la sesión.

CONTINUARÁ…

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